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Luis Alberto Crespo: “Desconfío de la poesía de pancarta y de consigna”

Diego Fortunato

El presidente de la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello se mostró conmovido por el premio. Habla de su obra, su trayectoria y sus consideraciones sobre los poetas jóvenes en el proceso revolucionario que se vive en Venezuela

 

A la una de la tarde en la Fundación Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, en el centro de Caracas, lo único que se escucha son las cornetas de las cotidianas colas capitalinas. Se puede atisbar sin muchas complicaciones, de igual manera, que es la hora del almuerzo. En la oficina de la presidencia, el poeta Luis Alberto Crespo, quien ocupa el cargo de presidente desde esta institución, firma unos papeles apresuradamente para ir a almorzar.
Cuando nos ve se mueve rápida y nerviosamente excusándose, luego con condescendencia y sorprendiendo a la secretaria que le recuerda la hora, dice: “Almuerzo luego, ahora vamos a hablar él y yo”.
En la oficina presidencial, sentado en uno de los característicos sillones de gamuza vinotinto de la Casa de Bello, el poeta del silencio, de fragmentos, “de aridez, espina, sequía, de un espacio en el mundo definido, de resplandor al mediodía”, espera las preguntas sonriendo. Y es que luego de más de veinte libros publicados y de ser traducido a más de ocho idiomas, con una vida en la poesía y la búsqueda interior de la sensibilidad humana, a Crespo le acaban de otorgar el Premio Nacional de Literatura 2010.
Su emoción es evidente y no la niega al referirse al premio, al corolario de una trayectoria que, sin embargo, para él no finaliza. “Es una satisfacción recibir este reconocimiento, es la comprobación de toda una obra, de una vida de trabajo poético que continúa en crecimiento, pero no considero mi obra como un producto terminado, está en constante evolución”, comenta Crespo.
Para el poeta larense, el galardón le da una enorme responsabilidad: “Un reconocimiento no significa llegué hasta aquí o que ya dejé de ser escritor de obras. Diría que recomienza una nueva responsabilidad comigo como escritor y con el lector: el confidente. Por lo tanto este premio tiene doble significado para mí”.
Su obra se ha delimitado siempre en un espacio que puede ser identificado geográficamente, como Crespo dice. Este es el lugar de nacimiento del poeta: Carora: desértico, árido, espacio que determinó a su poesía indeleblemente.
“Tengo una idea fija en lo que escribo, mi obra podría ser considerada como un libro único motivada por el lugar donde nací y nunca he dejado definitivamente, un universo de sed, de espina, de cicatrices. Este espacio me hizo silencioso, contemplativo, la escritura es borrada por la luz, por esto mi poesía es de desamparo, fragmentaria: no tengo otro modo de referirme al mundo y a mi vida”, afirma el poeta.
Pero Crespo no siempre ha sido fiel a esta poética. Como él asegura, vivió y transitó el mundo, lo amó, pero de alguna manera todo retorna siempre al espacio de Carora, ya sea en una ciudad lejana o en la música de Mozart, todo puede connotar en él la imagen del desierto: “la riqueza de lo escaso”.
Poesía y Revolución

El proceso político que se vive actualmente en Venezuela ha tocado todos los ámbitos de la sociedad, y la poesía, como ha sucedido en otros países y en otros tiempos, no es ajena a esto. Luis Alberto Crespo admite que le tiene mucho miedo a la poesía de consignas y de pancarta: típicos versos impregnados de política.
“Creo que la poesía ha desconfiado siempre de las consignas y de las pancartas. Toda poesía revolucionaria transforma a las palabras y eso puede contribuir a que la poesía de estos momentos, la comprometida, sirva. Creo que esta poesía comprometida, sin olvidar su función, puede enriquecer a la otra poesía que empobrece tanto al lenguaje: la política. Tengo que disentir de mucha poesía que se hace ahora en esa dirección, porque creo que tiene esa mácula”, opina el poeta.
El presidente de la Casa de Bello asegura, con un dejo de tristeza en su voz, que en Venezuela estamos más que nunca politizados y en un momento de revisión total. “He visto poetas, conocido poetas nuevos, jóvenes, que no tienen esa solidaridad de poeta, ese silencio, esa oscuridad iluminada que se necesita frente a la presencia de la poesía de pancarta y consigna de la que, insisto, desconfío mucho”, continúa.
El autor de Si el verano es dilatado afirma que el tema de la poesía politizada es complejo. Pero afirma que “la poesía busca siempre el lado oscuro del ser, la poesía es solitaria, pero solitaria solidaria. Un poeta es en cierta forma un orfebre, un poeta es un alquimista, un poeta es alguien solo, pero solo en relación consigo mismo y no con la palabra que ofrece al hombre común”.
Para él la poesía también es conocimiento, es un agujero interior, una marca profunda que puede darse aún en el ámbito político. Sin embargo, cree que “uno puede participar de un sueño político, colectivo, lo que se quiera, sin necesidad de que la poesía empobrezca”.
Cuando se le preguntó a Crespo qué consejo daría a los jóvenes poetas, respondió: “Muchos de los jóvenes poetas son seres que desconocen el nombre de un pájaro, de un río, de una montaña, están demasiado obsesionado por la pancarta y la consigna, no tiene comunicación con el silencio de nuestros grandes espacios”. Luego profundizó en que: “Es necesario conocer a los viejo poetas, a los clásicos. Volver a Homero, a muchas páginas de la Biblia, en donde se encuentra una riqueza tal, que realmente es necesaria para que cualquier poeta tenga la suficiente profundidad de estar consigo mismo, solo”.
El Mundo poético

Para Luis Alberto Crespo su espacio poético, su mundo lírico, está enmarcado en las tierras áridas del occidente del país. Pero como el poeta constantemente dice no está limitado simplemente a la geografía de este territorio; ya no solamente es ubicable físicamente, sino que para él se ha convertido en un espacio moral del ser humano, inherente a su integridad.
Por este universo blanco, mundo de espina, espacio desértico, Crespo justifica su poesía fragmentaria: “Mi poesía no puede ser efusiva cuando está encandilada por el sol del mediodía. Al escribir siento una punza clavada en el ser, un ser lastimado por la aridez”, asegura.
Con esta simbología desértica se crea la poesía del caroreño: “Espinas, alrededores áridos, cerros llenos de vida o de cicatrices. En mi poesía hay maneras muy humanas alusivas a esos cerros. En mi relación con ellos los identifico como estados de ánimo, no solamente las colinas y los cerros, sino también los valles, la tierra misma. Estar al inclemente sol de esa manera purifica, da una intención contemplativa del entorno”.
Para Crespo su poesía es borrada por esa luz desértica. Sin embargo, no siempre su obra estuvo delimitada por esta fuerza. En sus primeros poemarios existe la vehemencia. “Concurren lugares que visito y amo, que de pronto puede ser un bosque, una llanura, una ciudad del mundo, pero hasta los muros de esas ciudades, hasta el mismo cemento, pueden convertirse en imagen de lo desértico, si consideramos, como los románticos, que hasta en la selva está el desierto”, añade el poeta.
El escritor se expresa con fluidez, al contrario de la buscada expresión inacabada de su poesía. El correteo en las calles se escurre inclemente entre los innumerables libros de la biblioteca de la oficina presidencial. Pero en ese espacio la poesía se abre camino, para Crespo, vestido con chaleco negro, correa con puntos metálicos y franela vinotinto, la poesía encuentra el tiempo y el lugar siempre, sin importar las circunstancias.
El también periodista cultural define su poesía como un desamparo. “Este desamparo es como ser huérfano del alma, construyendo todo de una manera fragmentaria”. Este concepto de despojamiento, de pobreza de la tierra, tiene para él, como el mismo dice, un significado contradictorio: la plenitud de lo vacío.
Al preguntarle sobre las consideraciones del ensayista, poeta y pensador Juan Liscano, que asegura que el larense se encontraba en peligro de dejar de escribir en dos de sus poemarios más celebrados, Resolana y Entreabierto, contestó: “Me debatía entre enmudecer como escritor, como poeta y llegar al plano de la contemplación de lo no escrito. Para mí escribir ya no era trazar signos sobre un papel, sino mirar el vacío que produce escribir algo, y en ese vacío blanco es donde se encuentra o la mudez como escritor o la realización mítica espiritual de un camino”.
No obstante, Crespo hace referencia a una presencia que marca su poesía posterior a estos trabajos: el caballo, en el poemario Señores de la distancia. “Este animal retoma para mí y en mi poesía esa vinculación con la tierra, inconclusa, expuesta siempre al mediodía, pero con una diferencia, ahora puedo llegar al infinito, ahora puedo traspasar el horizonte, puedo estar a la altura de un nido, del árbol más alto, puedo irme sin irme”, enfatiza el presidente de la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello.
Crespo explica que esto se revaloró en él y su poesía empezó a tener más efusividad, más elocuencia. “Retomé, si se quiere, una escritura que había dejado atrás en mi primer libro, que es un libro de crónicas, esto es buscar la crónica como poesía sin dejar de estar encantado por la imagen, la imagen que lo contiene todo”, sostiene.
A partir de Señores de la distancia, publicado en 1988, Crespo afirma que: “Las dos escrituras, la fragmentaria y la cronológica, han convivido en todo lo que hice posteriormente. La experiencia entre la mudez, la escritura truncada, que no haya como hacer para confesarse, y la otra, la de ser elocuente y efusivo, ahora conviven en mi obra. Así podrían definirse tres etapas inseparables en mi poesía”.
Como dice reiteradamente el poeta, su poesía podría ser considerada como una obra única, con un solo impulso que ha producido más de veinte títulos de poesía, varios de estos traducidos al inglés, francés, italiano, alemán, húngaro, hebreo y árabe.
Responde con calma cada pregunta, utilizando las palabras justas y asegura, pausadamente, que su mayor complicidad es lo elegiaco. “Lo elegiaco me acompaña siempre. Por lo tanto, esa sensación de pérdida y la reconstrucción fragmentaria ya no solamente es la escritura, sino la lectura de esos poetas que amo y comparten esa visión del mundo conmigo”, destaca quien dirigió por varios años el Papel Literario del diario El Nacional.
Luis Alberto Crespo pretende seguir descubriendo, indagar en el hacer poético. Su obra es ya una columna viva de la poesía contemporánea venezolana, que de un espacio específico (Carora) logró traspasar no solamente a la literatura en el ámbito nacional, sino llegar hasta diferentes regiones poéticas del mundo.

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